Su imagen se viralizó en diciembre, cuando se lo llevaban detenido en las afueras del Congreso e insultó a su familia por ser “gorila”. Daniel Cantieri habla de eso, pero también de lo más importante: de cómo el Gobierno le quitó derechos a él y a tantas otras personas, de esta Policía desatada y de la mentalidad que debe adoptar el pueblo en este presente.

“Si tienen la oportunidad, actúen. Que no los frene el gran acuerdo de ser por el miedo. Y si quieren tener un poco de ética, hagan y actúen lo que sienten.”

—¡Es una vergüenza lo que están haciendo! ¡Están muertos de miedo!— grita el hombre de cabello blanco y ojos color mar Caribe.

—¡Nosotros no tenemos miedo!— responde el policía y saca pecho sin perder el control sobre el cuerpo del detenido.

—¡Ustedes tienen más miedo que ninguno! ¿Hacía falta veinte policías armados arriba de una persona golpeándola? ¿Cuál es el miedo que no tienen? Tienen miedo ustedes y nosotros— retruca el hombre mientras se lo llevan a la rastra hacia el camión celular donde esperan otros manifestantes.

El diálogo con el policía sucede segundos después de que Cynthia García consultara al preso por su nombre, su lugar, su dirección y su número de teléfono, ese dispositivo de comunicación que falta de su casa de Ciudad Evita hace un año por plantar bandera ante el atropello de la compañía telefónica, que buscaba enchufarle de prepo un pack de Internet a él, que no tiene redes sociales y apenas ve algo de televisión. Sobrio, fresco, espontáneo, Daniel Cantieri devuelve cada consulta que parte del cuestionario de la periodista.

—¿Querés decirle algo a tus familiares?— propone García.

—¡Que se vayan a la puta que los parió, son gorilas!— responde como todo concepto el manifestante.

Montada a hombros de esa misma Internet que rechazó, su imagen de reo galopó en las redes sociales —sin que él mismo comprenda acabadamente hasta hoy lo que provocaron sus palabras— con la velocidad que ofrecen las nuevas tecnologías: una fan page celebró en Facebook el advenimiento de la agrupación La Daniel Cantieri mientras los memes iban y venían en el ciberespacio con saludos y arengas de apoyo para el manifestante entronizado en ese altar destinado a la fugacidad de la idolatría.

Pablo Ayala supo capturar parte de la esencia del retrato que Federico Cosso hizo de Cantieri frente al Congreso. Y escribió en su muro de Facebook: “Sus ojos brillan y se detiene en algo, sonríe. ¿Qué mira? ¿Qué sabe este hombre que nosotros no? Daniel Cantieri ve el futuro. Su cara está llena de esperanza. Ve al pueblo despertar. Sus ojos brillan. Y él sonríe”.

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—¿Qué viste aquel 18 de diciembre?

—Una masacre encarnizada dirigida por un Estado que se apoderó de la fuerza pública para convertirla en una fuerza de seguridad privada. La jueza (Patricia López Bergara) salvó muchas vidas al haber impedido armas letales y haber limitado el uso de gases lacrimógenos. Sigue lo mismo que en la época de la dictadura. De hecho, no es casual que estén mandando a (Miguel) Etchecolatz a su casa de Mar del Plata, que se siga pidiendo por la excarcelación de (Luis Abelardo) Patti, que hayan premiado al gendarme (Emmanuel Echazú) que recibió una pedrada en la cara durante la represión a los mapuches, cuando desapareció Maldonado, y encima lo asciendan. O se olvidan que hicieron lo mismo con las jubilaciones en el gobierno de la Alianza, cuando Patricia Bullrich era ministra. ¿No empezó así? ¿No comenzó en diciembre? Es la misma clase política que tiene que dominarnos siempre a través de la corrupción para seguir siendo las mismas pobres vacas gordas que paren entre ellos en esa endogamia inmunda. Esta oligarquía no da ni para la bosta de las vacas que tienen.

—Cuando fuiste a la movilización, ¿imaginaste que iba a terminar como terminó?

—En principio, no sabía que se iba a impedir que tuvieran armas y municiones letales. Pensaba que iba a ser una masacre para sacarnos. De hecho, fue una masacre actualizada, con balas de goma. Si hubiesen podido matarnos a todos lo hacían. A la gente la dispersaron por la 9 de Julio. Fueron siete cuadras de tiros, desparramando gente con las balas de goma. Si hubieran tenido, hubieran tirado con balas verdaderas, no tengo la menor duda.

—¿Cómo fue tu arresto? ¿Qué pudiste observar en las detenciones?

—Había efectivos que estaban sacados por la droga, generalmente eran los mayores. Algunos frenaban a otros policías que eran muy violentos. Los tres policías que me detuvieron me salvaron de otros dos que sin ninguna necesidad me empezaron a pegar con sus bastones en las costillas y en la frente cuando estaba en el piso y me pusieron los pies sobre el cuerpo. Los policías que me llevaban me dijeron: “¡Así que tus familiares son gorilas!”. Yo les dije que sí, como ellos. Los policías respondieron que no eran gorilas. Les contesté que qué se creían que estaban haciendo. Cuando llegamos al Congreso, otro policía gritaba las peores barbaridades y lo callaron porque estaba la prensa cerca.

—¿Qué decía ese policía?

—Comparaba la situación con lo que le pasó a Santiago Maldonado, a los gritos, desenfrenado, con las venas hinchadas, haciéndose el matón. Estuvo a punto de darle un cabezazo en la cara a un chico que estaba esposado.

—¿Algún mensaje para quienes leerán estas líneas?

—Es preferible ser un sobreviviente; para serlo tienen que luchar, sino te matan, te destruyen o te convierten en la nada misma. No se salven sólo ustedes, no miren su propio ombligo: miren el de todos, defiéndanse, hablen. Si tienen la oportunidad, actúen. Que no los frene el gran acuerdo de ser por el miedo. Y si quieren tener un poco de ética, hagan y actúen lo que sienten.

Fuente: Revista Crítica