Foto:Marcelo Aballay - CEDOC

Por: Leo Anzalone – Dirigente de SER

Es cierto que a los políticos tradicionales poco les importan las reglas de la República, pero el gobierno que traía el manto de la ética para cobijarnos a todos parece haberse quedado sin la tela del respeto por las instituciones. A nadie puede sorprender los decretos a discreción de Macri, fue el Jefe de Gobierno más vetador de la Ciudad. Mientras las travesuras del ministro Jorge Triaca siguen circulando por los medios, parece ser el momento justo para que Mauricio Macri demuestre que él manda, y que tiene poder.

Nada mejor para eso que los DNU, aunque signifique meterse el Congreso en, como diría mi abuela, allá dónde no da el sol. El presidente, a solo 100 días de gobierno, había lanzado 774 Decretos. Si, no es un error, 774. De esos, dejó en cero las alícuotas para exportaciones de la minería, de mercaderías agropecuarias y de productos orgánicos; para los fabricantes y para el expendio champaña. Bajó el impuesto a los cigarrillos. No pagaron tasas las empresas organizadoras del Rally Dakar ni los que vendieron merchandising en el Premio de Río Hondo, derogó la Ley de ART, sin olvidar lo que pretendió ser las designaciones de los dos candidatos a la Corte Suprema, Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz. Y uno solo para el lado de la gente, cuando otorgó un subsidio extraordinario y por única vez de 400 pesos. Pero ésta imperante tendencia siguió y siguió. Mientras el pueblo se oponía a la Reforma Previsional, el gobierno planteó seriamente sacarla por decreto, cuando no pudo hacerlo en el Parlamento y hace pocos días la polémica se encendió por la anulación de la paritaria nacional docente. La sanción de decretos de necesidad y urgencia (DNU), es sin duda una herramienta válida, pero polémica para el sistema democrático, ya que saltea el tratamiento legislativo y judicial de muchas medidas. Más aún si los funcionarios se pavonean luciendose, por lo menos discursivo, apego a las reglas de la República y al fortalecimiento institucional.

Pero como dice una canción, “las cosas se cuentan solas, solo hay que saber mirar”. El presidente es transparente, su antipatía por estas reglas, viene de hace mucho, de cuando era Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, ahí, varios lo conceptualizaron como el “Capitán Veto”. Si bien esa es una imagen graciosa, hay que recordar que durante su gobierno local vetó 128 leyes, convirtiéndolo en el que más leyes ha vetado. No es que quiera justificarlo, pero bueno, la verdad es que en las empresas se hace lo que el CEO indica, lo que gusta y lo que no gusta lo decide con una firma.

Ahora solo le falta aprender el juego republicano y que Argentina no es una S.A. Lo bueno de esta situación es que desnuda el verdadero ser de Elisa Carrió, quien brilla por su ausencia. Hablando en serio, este es otro problema de nuestro sistema político, en el que reinan dirigentes a los que no les interesan las instituciones, más preocupados por los gestos al propio sistema y por conservar el poder, que por la república.

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