Por esperable que sea un suceso, a veces no deja de sorprender y generar incertidumbre cuando efectivamente ocurre. Algo de esto sucede con el derrape que tuvieron los mercados financieros en casi todo el mundo desde el viernes pasado. 

Muchas voces, provenientes de jugadores del propio mercado como también de analistas económicos y profesionales de los organismos internacionales (FMI y OCDE), advertían acerca de una suba vertiginosa en el valor de los activos financieros como acciones y bonos, para situarse en los máximos luego de la crisis financiera de 2007-2008. De aquí se desprendía que una corrección en el precio de los activos no solo era muy probable, sino que hasta podía ser “saludable”.

Sucesos como el de estos días deben ser un llamado de atención permanente, que nos ponga de relieve la vulnerabilidad de Argentina al estar expuesta al humor de los mercados externos.

Podemos prescindir de tomar deuda unos meses, pero no mucho más. El Gobierno ha elegido (casi por imperio de la necesidad y por condiciones heredadas) encarar un sendero gradual de rebaja del déficit fiscal (superior a 5% del PBI) que requiere ser acompañado con financiamiento.

Seamos claros en este punto: o emitimos dinero sin respaldo, o aumentamos los impuestos y bajamos el gasto o nos endeudamos. No existe otro camino que mágicamente evite costos.

Esta administración optó por este último, mientras en la transición reduce el déficit primario de a un punto por año (la meta es 3,2 en 2018), en base a la caída del gasto público primario en términos reales. Y a su vez se propone reducir la presión tributaria, algo loable y que mínimamente ya empezó en 2017.

La dependencia de ahorro del exterior para financiar nuestro exceso de gasto por sobre ingresos se agudiza porque nuestro balance externo también es deficitario (en el neto salen más dólares de los que entran al computar el movimiento comercial, de pago de intereses, utilidades y turismo). Este deterioro se explica en parte por una mala combinación de políticas que tuvimos hasta fin de diciembre de 2017.

Lo fiscal era gradual, pero lo monetario era más de shock. Se perseguía combatir la inflación a pura tasa de interés. Los beneficios no fueron tangibles (no se perciben grandes resultados en términos de reducción de la inflación), pero sí lo fueron los costos. Y entre ellos sobresalió el fuerte atraso cambiario, que contribuyó al deterioro del balance externo.

Esta asimetría en la velocidad de ambas políticas intenta ser corregida desde fines de diciembre. La nueva estrategia de política monetaria persigue tasas más bajas, lo que redunda en un tipo de cambio superior (y una desinflación más gradual, en parte por la misma suba cambiaria).

Si la ola de mayor volatilidad de los mercados globales se extiende y el escenario empeora, tampoco hay que dramatizar la situación para nuestro país. Un elevado nivel de reservas internacionales (en torno a los USD 62.000 millones), los bancos muy sólidos y el tipo de cambio flexible para absorber shocks negativos son barreras de fortalezas adicionales.

Finalmente, esta inestabilidad de los mercados financieros debe ser incorporada en la toma de decisiones para la gestión de las políticas macroeconómicas. Aun cuando ésta tenga dilemas y objetivos contrapuestos, no debe resignarse ni postergarse la tarea de reducir tanto la brecha fiscal como externa para depender cada vez menos del ahorro externo. Para lo primero, es importante fomentar más el ahorro interno en nuestra moneda (muy atado al éxito de la baja de la inflación), además de cumplir las metas propuestas. Para lo segundo, estimular todo lo posible la generación de dólares genuinos a través del comercio y la recepción de IED Inversión Extranjera Directa), para poder enfrentar los compromisos de la deuda sin tanta dependencia del endeudamiento externo.

El autor Fabio Rodríguez, socio director de M&R Asociados.

Fuente: Revista Noticias

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